Sábado, Avril 28, 2007

De paseo por el supermercado

Los grandes supermercados de mi barrio (Carrefour, E-Mart o Wumei) tienen básicamente dos atracciones principales: una de ellas es toda la comida rara expuesta en las góndolas, la otra somos nosotros dos.
Aparentemente no hay nada más interesante que quedarse parado al lado nuestro y mirar sin un ápice de timidez primero nuestras caras, después nuestra facha y por último meter la nariz en nuestro carrito y estudiar cada cosa que compramos, señalándola con el dedo. ¿Qué comen los laowai (extranjeros)? ¿Qué compran? ¿Cuánto compran? A veces se quedan realmente atónitos, como si les resultara harto inconcebible la comida que nosotros compramos, tanto como a nosotros nos resulta la de ellos. De repente, las mismas algas, los mismos hongos, el mismo pato acaramelado que comen ellos, toma un dejo de exotismo cuando se encuentra en el carrito de los extranjeros. Yo ni me inmuto y me asomo a mi vez en el carrito de ellos, inspeccionando lo que compran. Y además, como acá todos hacen lo que quieren sin conocer la palabra "vergüenza", yo agarro mi cámara de fotos y les devuelvo curiosidad con curiosidad.
Para nosotros, ir al supermercado sigue siendo después de casi dos meses de vida china un paseo como el del botánico o el del zoológico.
Para empezar, está lleno de verdura desconocida, ya que para ellos cada pasto, cada yuyo, cada alga, cada raíz, entra en la categoría verdura y va a parar al wok. Tienen frutas que no compro, porque no tengo idea de cómo las tengo que comer. Hay 6 variedades de melones, de los cuales algunos se comen cocidos, como plato de verdura y otros como fruta. Tienen una sandía que por dentro es amarilla, de mucha mas consistencia que la roja, y más dulce también. Los mangos, en sus diferentes tamaños y categorías, siguen siendo la fruta más barata, así como la soja, vendida suelta en enormes tachos, se lleva el primer premio de las verduras. Otro hit son los hongos, de los cuales existen a la venta muchas variedades; algunos, incluso, se pueden comprar con tierra y todo, para que cada uno juegue en su casa a Gárgamel haciendo pelota a los pitufos.
La cantidad de animales, vivos, muertos o vivos-muertos que se venden es impresionante: Aves resecas colgadas de los picos, tortugas peleándose por salir de los baldes, montones de langostinos frescos o deshidratados, tachos enormes repletos de moluscos, algas y membranas de quién sabe qué bicho, pezuñas de chancho, patas de gallina y una sospechosamente amplia oferta en carnes.
Existen por lo menos 10 variedades diferentes de arroz, expuestas en grandes tarros y vendidas al peso. Los chinos pasan, meten la mano, toquetean un poco esa agradable sensación del arroz escurriéndose entre los dedos y siguen de largo. Las salsas de soja ocupan un pasillo entero, lo mismo que todas las otras decenas de salsas picantes y aceites que suelen usar.
En la sección de comida para llevar destacan los ravioles al vapor, con distintos rellenos, y toda una gama enorme de bocaditos de arroz, a veces dulces, a veces salados, que se compran por unidad a modo de "pâtisserie".

Los lácteos son pocos, pero hay. Sobre todo se toman productos de soja, que no me gustan. El yogurt apareció en China hace poco y causa sensación. Las pocas marcas que se venden tienen permanentemente muchachitas en escuetas minifaldas tratando de fanatizar al público. (la foto que la saque otro).
 
 
Por último, las ofertas de la semana:
 
Rana fresca vendida en bandejitas de medio kilo, para lo cual a la rana entera se le deben agregar pedazos de otras ranas, cosa de llegar más o menos al peso deseado.

 
Y una cabeza de chancho aplastada, deshuesada y pulcramente envasada al vacío. Me la imagino fácil de transportar en la valija, así que el que quiera, no tiene más que pedir.

 
(¿Quién fue el tarado ese de : "Nada nuevo bajo el sol"?)

 

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Domingo, Avril 22, 2007

Moraleja china

A los chinos les encanta condensar su sabiduría popular en refranes de cuatro palabras que siempre vienen a cuento de alguna situación.

La historia de Hangzhou que termina con la pérdida del tren de una parte del grupo y que empieza con el almuerzo en la universidad, la falta de transporte para volver, la decisión de separarse en dos grupos, la búsqueda infructuosa de taxis, la larga caminata de Chingfén con su silencio exasperante, la vieja amiga de la facultad que aparece de la nada con su auto, podría resumirse en una simple sentencia llena de enseñanza: "El anciano perdió su caballo en la frontera".

Por supuesto que uno no tiene idea de lo que significa esta frase, que en chino contiene de verdad sólo 4 caracteres: "Sai weng shi ma". ¿Pero de qué anciano me están hablando? ¿Y de qué caballo? ¿Y cuál frontera? ¿Y por qué perdió su caballo? Y ante todo, ¿qué miércoles tiene que ver todo esto con nuestra historia de Hangzhou?

Lo que hay que saber entonces, es que el caballo del viejo que se perdió en la frontera apareció al rato acompañado de otro caballo. Con lo cual, lo que parecía ser un hecho lamentable para el pobre viejo, resultó tener en realidad un final feliz. Ahora bien, lo que hay que saber además es que el viejo, contento con sus dos caballos, le regaló uno a su hijo. Pero el hijo, ni bien montado al caballo, fue arrojado por este último con fuerza, quebrándose una pierna cuando se estrelló contra el suelo. Entonces sí que era una historia dramática, la del pobre viejo y su caballo. Pero hay que saber finalmente que, cuando la Armada pasó al día siguiente para reclutar soldados, el hijo, por haberse roto una pierna, se salvó de ir a la guerra.

La moraleja del viejo y del caballo y la frontera: nunca juzgues un hecho de manera apresurada - y de manera no apresurada mejor tampoco -, porque no conoces todas las sorpresas que te tiene reservadas aún el Destino. Lo que parece a primera vista ser malo, puede resultar al rato bueno y un día después nuevamente malo. Nadie sabrá si fue mejor para el hijo quedarse en la casa o haber ido a la Guerra. Sólo el Destino podrá decidir - pasados mil años - si la pérdida del caballo en la frontera fue finalmente una desgracia o una suerte tremenda.

Siendo así todo tan indescifrable aquí abajo, lo mejor entonces es sentarse tranquilito en el tren y callar - como ya sabemos quién -, o a lo sumo, tirar alguna que otra frasecita críptica de cuatro caracteres, como para mantenerse ocupado un buen rato y no joder.

 

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Viernes, Avril 13, 2007

Hangzhou: el jardín de Shanghai

El amigo Chingfén se portó al fin como la gente y nos invitó a participar de una salida de fin de semana, con amigos suyos. El destino: Hangzhou, una ciudad a dos o cuatro horas de Shanghai (depende del tren que uno se tome). Situada a orillas de un gran lago ("Xihu", el Lago del Oeste), Hangzhou fue una ciudad muy próspera en otras épocas gracias a sus producciones de té, porcelana verde, papel y seda. Fue de hecho la capital de la Dinastía Song (900-1200) bajo el nombre de Linan, hasta que los mongoles la hicieron pelota en 1279 y nunca se repuso del todo. Si bien la ciudad es hoy en día bastante grande y moderna, la llaman lo mismo "el Jardín de Shanghai", por sus enormes parques y jardines, sus plantaciones de té sobre las colinas y sus bosques de bambúes que rodean el lago. Beneficiada con un microclima idóneo (soleado y fresco), Hangzhou es para los shanghaianos el lugar predilecto de fin de semana. Con lo cual lo primero que habría que evitar, cuando uno quiere ir de paseo a un lugar verde y tranquilo, es visitar Hanghzou en fin de semana, junto con las hordas de chinos que copan trenes, puentes, jardines, barquitos y... taxis.

 

Llegamos a Hangzhou a las 11 de la mañana, con los otros 4 amigos de Chingfén, de los cuales uno por suerte hablaba alemán, dos un poco de inglés y el cuarto francés, lo cual nos permitió al menos comunicar, aunque siempre de a uno por vez. En el tren repleto, con gente parada en los pasillos, griterío, juego de cartas y todo tipo de comestibles, reinaba una atmósfera jocosa de día de fiesta. Llegados a Hangzhou nos alojamos en el guest-house de la facultad, que Chingfén conocía muy bien porque cursó sus estudios en ella. El primer altercado fue que en el respectivo hotel no se aceptaban extranjeros. Después de que nuestros cinco camaradas le argumentaran al mismo tiempo todo tipo de razones, la mujer aceptó alojarnos, pero a condición de que cuando volviéramos a la noche a dormir, miráramos primero si no había algún cana haciendo guardia por los alrededores, controlando que los hoteles no autorizados no se hagan los vivos y alojen extranjeros.

Lo primero que hicimos después de dejar las cosas fue ir al Kentucky Fried Chicken, donde el encargado de la comida de nuestro grupo se procuró tres baldes enormes repletos de pollo frito. Con nuestra mercancía nos fuimos entonces hacia el lago para hacer la caminata obligada sobre un dique de 2,8 kilómetros de largo que atraviesa el lago de punta a punta y chuparnos mientras tanto los huesitos. Los megáfonos de los montones de grupos de chinos que cruzaban el lago con nosotros iban anunciando a todo volumen que no había que olvidarse de darle la mano a su compañero o compañera: en efecto, ese camino tan bonito sobre el dique, lleno de árboles y flores, con el lago a ambos lados, las pagodas a lo lejos y las góndolas cruzando por debajo de sus puentes, era el paseo obligado de los enamorados. Lástima que en ese momento lo atravesaban otros cientos de enamorados chicos, grandes, con perros, con críos, con celulares y sobre todo, con bicicletas.
Cuando al fin llegamos al otro lado del lago caminamos un rato por los alrededores. Pero el grupo ya estaba medio cansado de tanto esfuerzo, con lo cual, a las cuatro de la tarde, decidieron que ya era hora de ir ocupándose de la cena. (De la merienda ni hablar.) Yo, que aún seguía regurgitando las alitas de pollo frito picantes, no me animé a oponer resistencia, pero decidí aplicar el método de no-colaboración y retardo abusivo. No conté con que la ciudad estaba de mi lado en esto, porque nos llevó casi dos horas conseguir subir a un colectivo, bordear el lago e ir al barrio antiguo con restaurantes típicos, a unas 20-30 cuadras más o menos de donde estábamos. Así que el primer bocado tuvo lugar recién a las seis en punto, en un local muy pitucón.

Lo bueno de la comida china es que con tanta decoración de los platos, uno siempre tiene ganas de probar todo, con o sin hambre. Y como todo está cortado chiquito y va llegando a la mesa de a poco, uno va picando aquí y allá sin darse cuenta siquiera de que ya se hicieron las 8. Como es costumbre acá, la cena termina sin sobremesa, sin cafecito y sin Schnapps. Así que nos fuimos a pasear un poco por la muy animada feria de la calle peatonal, repleta de souvenirs, helado de té verde, dulces hechos de azúcar glaceada, de arroz o de pasta de arvejas, y farmacias de más de cien años, especializadas en medicina tradicional china: vendían a lo loco tés de todo tipo de plantas y gotitas de veneno de pequeños escorpiones vivos, quién sabe con qué resultados. Lo que se dice por ahí es que el veneno de escorpión es bueno para curarse intoxicaciones. Parece lógico: al pan pan, y al veneno veneno. Yo moría por probar el helado de té verde, pero una de las chicas vino corriendo y me ofreció gentilmente una delicatessen fabulosa recién hecha: un triángulo de color rosa, tibio, a base de arroz molido y relleno del mismo líquido negro glutinoso de las bolas verdes. No me quedó más remedio que la inclinación de cabeza, las gracias y el comerlo estoicamente, renunciando al refrescante helado. Confucio no lo hubiera hecho mejor. Dimos una vuelta más por el lago de noche, mucho más tranquilo que de día, y nos volvimos todos al hotel porque ya se hacía tarde: en Hangzhou eran entonces las diez de la noche.

A las siete estábamos todos afuera, listos para empezar el Domingo con un lindo desayuno. Yo sabía que no conseguiría café, pero me contentaría con una tasa de té verde y alguna cosita dulce. Cuál habrá sido mi sorpresa cuando entramos en un comedero medio pelo cerca del hotel, donde se ofrecían un par de sopas de fideos, ravioles fritos de carne de cerdo y verdura saltada. El desayuno ideal. Esta vez sí que era imposible tratar de apropiarse de las costumbres del grupo: siete de la mañana de un día domingo, dormidos y aún con el estómago sensible por las fritangas del día anterior, lo último que uno puede imaginarse en ese momento es entrar en un sucucho con más olor a frito y comerse una de esas sopas grasientas en las cuales todo puede estar sumergido. No había nada como pan, nada como bizcochuelo, nada como fruta. Pedimos té, pero tampoco había. Lo máximo que conseguimos fueron dos vasos de agua caliente en los cuales Chingfén nos salvó echándole unas hebras de té verde que había traído consigo. Ellos, divertidos con nuestras extravagancias, se comieron con buen apetito sus sopas, sus ravioles y sus verduras.

Ese día no fuimos hacia el lago, sino hacia el jardín botánico. Pero para llegar tuvimos que subir una colina, atravesando las plantaciones de té verde Longjing ("la fuente del dragón"), que es la especialidad del lugar y uno de los 4 mejores té verdes de China. De hecho, el té Longjing de Hangzhou fue uno de los más preciados tributos exigidos por el Imperio. Aparentemente en esta época primaveral empiezan a salir las primeras hojitas ínfimas de té que se sacan a mano una a una y que son las más codiciadas. Por ende, las más caras también: medio kilo de té de esta primera cosecha se puede llegar a pagar hasta 300 euros. Después entramos en el jardín botánico, con su entorno bucólico, templetes por todos lados, mucho colorido primaveral, bosques de bambúes y la casa del poeta "Su Dongpo". Como todos los poetas en China, hay siempre una historia culinaria en torno a ellos que termina haciéndolos más famosos que las poesías mismas. Así por ejemplo el caso de Su Dongpo, quien descubrió una manera especial de cocinar el cerdo hundiéndolo en vino amarillo y salsa de soja; una de las especialidades locales es entonces el tiernísimo cerdo "dongpo", servido en tiritas enroscadas en forma de pirámide que pudimos degustar la noche anterior. Otro ejemplo es el del poeta "Bai Juyi", otra eminencia literaria del lugar, cuyo nombre perdura ahora en unas bolas de pan rellenas de carne y cocinadas al vapor, que se venden sobre todo en los trenes a través de las ventanillas. Es como imaginarse a Neruda pasando a la historia no por sus viente poemas de amor y su canción desesperada, ni tampoco por las famosas cartas y su cartero, sino por haber hecho transcender una manera revolucionaria de aderezar locos, vieiras y congrio!

 

 

 

 

 

Pero en China, la comida ocupa el indiscutido primer lugar. Así es que tanto entorno poético nos dio hambre y como nadie se podía imaginar un almuerzo sencillo estilo picnic, comenzó otra odisea de colectivos y búsqueda de taxi para ir al restaurante de la Universidad, donde comimos, entre otras muchas cosas, una deliciosa sopa de gallina: con la gallina entera adentro de la marmita.

Cuando terminó otro copioso almuerzo, se decidió que iríamos una vez más al lago, para un último paseo, y que después nos acompañarían a la calle peatonal de la feria, donde Peter y yo queríamos comprar una réplica de porcelana verde de la Dinastía Song; queríamos comprarla ya el día anterior, pero solo obtuvimos el visto bueno de la troupe después de un largo debate durante la mañana, en el cual se concluyó que la porcelana realmente estaba a buen precio y que valía la pena volver para comprarla. Nosotros seguíamos la corriente, que consistía más bien en dar vueltas, buscar un taxi, no encontrar ninguno, avanzar otro poco, intentar subir a un colectivo, caminar un poco más, y así en un estado de paz y tranquilidad total, como si todo formara parte del paseo. Peter y yo mirábamos escépticos la hora, pero nos dejamos conducir. Al llegar finalmente al lago y a sus multitudes se dieron cuenta de que, efectivamente, el tiempo no alcanzaba para el último paseo y la última compra, con lo cual, como de todas maneras se necesitarían dos taxis para llegar a la estación de trenes, nos separamos en dos grupos: Chingfén se ofreció acompañarnos en busca de la porcelana Song y los otros cuatro se adentraron en otro dique de enamorados y bicicletas.

Aunque el tiempo escaseaba, nuestro anfitrión, una vez más, avanzaba despacio, miraba el paisaje, se dejaba robar los taxis por otros chinos más intrépidos y nos hacía caminar cuadras enteras en dirección contraria a la que teníamos que ir, con la esperanza -supongo- de que conseguiríamos un taxi más atrás. Pero una de las características principales de esta gente, además de no apurarse nunca, ni ponerse un ápice nerviosa, es no comunicar sus intensiones. Entonces Chingfén caminaba con su natural lentitud, miraba a los costados, se paraba en la parada de algún colectivo, seguía caminando, trataba de encontrar un taxi, hablaba por teléfono, y nosotros siguiéndole detrás, mientras que yo maldecía en voz bastante alta la ineptitud colectiva que reina en este país. Así es como caminamos más de 45 minutos a paso lento y sin comunicar con nuestro guía, hasta que en una esquina el Maestlo se dignó hablar: "Ahora nos pasa a buscar una amiga mía con el auto". Estupefacción inmediata de los occidentales, y más aún cuando la amiga en cuestión apareció con un autaso unos 15 minutos después y nos acercó a donde queríamos ir. Además de que nos lo podía haber dicho antes, yo seguía lo mismo sin entender por qué no habíamos tomado un taxi 60 minutos antes, con lo cual ya estaríamos hacia rato en el negocio, regateando el precio de la porcelana. Pero como nos lo demostró el final de la historia, uno no tiene que creerse tan omnipotente como para querer conocer las imprevisibles vueltas del destino, o peor aún, como para querer manejarlo. Porque gracias a la desconocida amiga de Chingfén que apareció de la nada a lo "Chapulín Colorado" para llevarnos en auto a comprar la porcelana, y que volvió a buscarnos un rato más tarde para depositarnos en la estación de trenes sin siquiera haber intercambiado dos frases de conversación con nosotros dos, pudimos llegar puntuales a nuestro tren, mientras que el otro grupo, aprisionado entre las multitudes amorosas del lago, nunca consiguió un taxi, y... perdió el tren!

Lo más sorprendente es que incluso eso pareció no inmutar demasiado a Chingfén - y quizás tampoco a los que se quedaron en Hangzhou -, porque mientras que Peter y yo sacábamos desesperados la cabeza por la ventanilla del tren para ver si venían y tratar al menos de retardar el tren unos minutos más, Chingfén tranquilo en su asiento nos contaba que si los otros no llegaban, tendrían que pasar una noche más ahí, dado que todos los trenes que volvían a Shanghai ese domingo por la tarde estaban repletos. Así es como dejamos abandonados a los otros camaradas en Hangzhou y emprendimos nuestras cuatro horas de viaje de regreso, en las cuales las diferencias monumentales de mentalidad fueron el tema principal: de la misma manera que Chingfén debe estar harto ya de mi carácter temperamental y mi nerviosismo congénito (pero "harto" despacito), a mí me sigue resultando muy difícil comprender y sobre todo adaptarme a esta manera generalizada de ser que un filósofo alemán llamó alguna vez "Gelassenheit", que el francés tradujo por "laisser-être", que unos flequilludos inmortalizaron como "Let it be", y que en criollo podríamos expresar al grito de:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PACHORRA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

 

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Jueves, Avril 05, 2007

Un cacho de cultura, lará-lará-lará...

Un paseo por el Museo de Shanghai. Gracias a su ubicación central en la Plaza del Pueblo, pero sobre todo por su forma de marmita gigante, imposible perderlo de vista. Con su sostén en trípode y las cuatro agarraderas en semicírculos sobre el techo, el edificio intenta reproducir una de las tantas marmitas enormes del siglo XVI antes de Cristo, expuestas en la sala de los bronces, que - según dice el prospecto - es una de las más ricas del mundo...

Mis preferidos: la sartén con sus miniaturas de potenciales animales fritos, y el juego de campanas que el rey Li le ofreció al marqués Su, en agradecimiento a alguna batalla victoriosa. Si bien se remontan al año 3000 a.C., los 4 metros de campanario recién fueron descubiertos en 1992.

5000 años de arte y cultura plasmados en valiosos objetos, con las marcas características de las Dinastías a las que pertenecieron: así por ejemplo la sección de cerámicas, con una muy buena explicación cronológica del uso de los colores y de las formas a lo largo de la historia de la porcelana china. El punto más acabado lo constituye por supuesto la conocida porcelana blanca con decoración azul, propia de la Dinastía Ming (1368-1644).

En la galería de las caligrafías encontramos cientos de ramitas de bambú (según dice el prospecto: „flexible e irrompible como un funcionario virtuoso, el bambú es fuente de inspiración infinita“). Nosotros grandes expertos ya, gracias a la sabiduría de Chingfén.
 
Al llegar a las monedas, las máscaras, las artes de las minorías étnicas y los sellos de jade, nos empezamos a dar cuenta de lo plomazo que pueden resultar los 50 siglos de arte y cultura china.

Así y todo me fui con una inesperada sorpresa: Sabía que los chinos habían descubierto la pólvora e inventado el papel de arroz, pero qué hubiera dicho Martín Fierro si hubiera sabido que los chinos, cientos de años antes que los guaraníes, y en otro continente, ya habían forjado el mate?

 

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