Una mañana „normal“, si bien acá no hay nada normal, transcurre por ejemplo así:
A las ocho suena mi despertador. Pero antes suena ya el amplificador de la escuela primaria que está al lado del departamento, con música de marcha a todo volumen y un tipo que repite severamente cosas que a mí me suenan como: „Izquierda! Derecha! Izquierda-derecha-izquierda!“ al mejor estilo Fiesta de la juventud en algún campo de deportes de colegio alemán. (Si la tierra es redonda, „derecha“ e „izquierda“ terminan por juntarse y confundirse. Se entiende.)
Desde la ventana de la bañadera puedo ver a los chicos formando en hileras, con uniformes bastante cachivaches de color rojo y azul. Mientras me preparo el mate cocido (un saquito por día permitido, pero Peter se hace el vivo y me roba dos o tres durante mi ausencia) puedo oler a través de la ventana de la cocina las fritangas y la sopa (otra vez pescado??) del desayuno de mi vecina. Yo retruco con galletitas de agua y mermelada de ananá.
A las nueve menos cuarto a más tardar tengo que estar en la parada del colectivo. „Ni háo-Ni háo“ con una de las encargadas del edificio, pero solo porque le causa gracia devolverme el saludo, ya que acá no se usa saludarse con los vecinos desconocidos. Estoy en la parada del colectivo preparada para cualquier sorpresa. Un día que lloviznaba, por ejemplo, una mujer se baja de un colectivo justo adelante mío y viéndome desprovista de paraguas, se me acerca para mostrarme el funcionamiento del suyo: uno muy lindo, con forro doble-color, adentro plateado, afuera celeste. Yo observo atenta el mecanismo: apretar botón, paraguas se abre; apretar presilla arriba, paraguas se cierra. Repitiendo una vez más cada uno de los pasos, la mujer me lanza: „40 kuái“ (es decir, „40 sope“). Yo le tiro de una „10 kuái“, porque el 10 me lo re-acordaba. La mujer cierra el paraguas y esboza una especie de sonrisa. Pensé que me lo vendía, pero nada, media vuelta y sin decir agua va desaparece. (Más tarde me compré el mismo paraguas plateado-celeste en el Carrefour: 29 kuái.)
El viaje en colectivo es una experiencia de vida... de vida o muerte, porque los colectiveros son peores aún que los taxistas. Para empezar, aprietan al mismo tiempo y la misma cantidad de veces el acelerador y la bocina. Hay colectiveros que tocan la bocina intermitentemente, durante todo el trayecto, además de ir lanzando puteadas a cada coche que se le ocurre viajar delante del colectivo, a velocidad normal. Los colectivos tienen todo el derecho a no parar en semáforos, a no dejar pasar ninguna bicicleta, ningún peatón, y a circular en zigzag obligando a todo el mundo a echarse a un lado. Adentro son bastante modernos, y relativamente limpios, si dejamos de lado los escupitajos. Tienen dos televisiones, con programación variada, una urna transparente donde uno tira sin ningún tipo de control sus 2 yuan en monedas o billetes y una máquina para los vivos como yo que se compran la tarjeta recargable para usar en todos los transportes, inclusive taxis. Pero el que –deliberadamente– no paga, está frito. El otro día, por ejemplo, en un colectivo bastante vacío, se suben una vieja y otros dos tipos. Aprovechando la situación, la vieja se hace la tonta y sigue de largo. La colectivera se da cuenta, clava el freno de mano y se viene atrás a gritarle a la vieja. La vieja le sonríe, le palmea el hombro y trata de convencerla. Pero sin éxito. La chofer, a los gritos, dice algo así como que no puede dejar pasar a este, y al otro, y a aquel. La cosa se pone densa, la vieja le sigue insistiendo y se pone a lloriquear un poco. La colectivera, insensible, no se deja corromper. Yo estaba ya a punto de ponerme a lloriquear también, cuestión de dar al menos un poco de apoyo a la vieja, pero por suerte en ese momento tres personas (jóvenes) se pusieron del lado de la vieja. Uno le gritaba a la colectivera que la dejara pasar, una chica le tendió un monedero de plusch rosa a la colectivera y le dijo en mal tono que se agarrara de ahí la plata del boleto, y el tercero, que estaba más cerca de la colectivera, le puso dos yuan en la mano y le indicó con un gesto que se fuera adelante a conducir. Mi ingenuidad y mis ganas de creer en este pueblo me hacen creer que lo que la gente quería era ayudar a la pobre vieja. Pero imposible de reprimir un cierto escepticismo, que me hace sospechar que quizás, lo que todos querían, era que la colectivera volviera a conducir y los llevara rápido a sus casas. Cuestión a verificar.
Me toma una media hora de viaje llegar a una de las estaciones centrales del subte, que es además la terminal de ómnibus de Shanghai. Un ambiente muy a lo Retiro en todos sus aspectos, llenísimo de gente no citadina que no entiende nada del ritmo alocado de este lugar, cargados con enormes bolsas de mercancías. Varios tipos en uniforme con altoparlantes van gritando direcciones de colectivos o modus operandi del subte. Por todos lados hay puestitos de venta de todo lo imaginable, bastante mugre y un montón de gente con carritos vacíos esperando en esquinas o en largos pasillos de subte. Después de varias idas y venidas entendí: ofrecen a la gente que viene cargadísima con sus bolsas de arpillera, transportarles la carga unos 100 o 200 metros, a cambio de algunas monedas.
Yo avanzo apurada por largos corredores que unen la estación de ómnibus y colectivos a la estación de subte, esquivando chinos (lentos, tranquis, despistados), hasta que de repente, al llegar al subte, la cosa se pone inesperadamente primermundista: El subte es una preciosura, modernísimo, puntual, limpio, con su programación „SubTeVe“ en pasillos y también en pantallas dentro de los vagones. Todos los carteles están escritos en chino e inglés y también los anuncios vocales de las paradas. Si voy sola paso desapercibida. Si voy con Peter, muchs miradas, murmullos, risas, dedos señaladores. Pero no hay sensación de inseguridad. La gente no es particularmente amable (no respetan la cola para entrar al subte y se tiran sobre los asientos vacíos sin respetar prioridades de edad o de sexo), pero no son agresivos ni practican el apoyo. Cosas insólitas pueden pasar igual en cualquier momento, como por ejemplo que al tipo de al lado se le ocurra afeitarse ahí mismo, con su maquinita eléctrica, mientras mira la tele.
Yo viajo cinco estaciones y salgo al barrio de la antigua concesión francesa, donde está el Milagro mandarín. Ese es el actual barrio de diseño, con casas recicladas (incluso varios „petits-hôtels“), bares modernos y negocios de ropa alternativa. De lejos, muy por debajo de la estética y la onda de un Palermo-Soho. Pero sigue siendo más agradable para pasear que el downtown lleno de rascacielos.
Camino dos cuadras hasta la escuela de idiomas y ahora lo que esquivo son un montón de vendedores de relojes truchos que se acercan con un afiche plastificado donde se pueden ver todos los modelos de Rolex a la venta. Si uno acepta, entonces tiene que acompañarlos a algún pasillo oscuro donde está esperando la mercancía. Yo pongo con poco esfuerzo cara de tujes y sigo de largo.
Después de las dos horas intensas de clase, donde el chino y sus traducciones al inglés intentan meterse al mismo tiempo en mi cabeza, (mientras que el francés y el alemán van corriendo sus respectivos monolitos, peleando por los espacios inhabitados), me toca todo el recorrido de vuelta: los relojes, y el subte, y los pasillos, y el bondi, y los bocinazos, puteadas, frenadas, griterío, gentío, hasta que me bajo al fin en casa, una hora y media después, agotada y con hambre.
Entonces sí, me permito una alegría: En los puestitos de abajo del departamento, funcionando día y noche, me esperan ya dos amigos: una parejita que hace unas brochettes fritas nacidas para levantarle el ánimo a cualquiera. „Ni háo-ni háo“, y les señalo con el dedo los diferentes platos con carnes semi-cocidas que me están esperando: dos de aquí (pulpos), dos de acá (alitas de pollo) y una de estas (un muslito). (Los mondongos, embutidos y cachos de hígado los dejo por el momento). En la freidora llena de aceite caliente, o en una plancha enorme con ajo y cebollita, me sacan las alitas crocantísimas y el pulpo bien dorado. Y ya sin preguntarme, solo con un cómplice guiño de ojo, le tiran arriba variados condimentos picantes, ponen los pinchos en una bandejita de plástico, nos inclinamos los tres varias veces, a cuál más agradecido, y yo me voy felíz. Porque sé que después del picante me espera en casa una fuente llena de fruta. No esa fruta exótica y cara, como las naranjas y las mandarinas. No, acá el pueblo compra fruta proletaria, y yo me uno a ellos: mangos riquísimos, ananás pelados y melones.

Shanghai (hasta la hora de la merienda) era una fiesta...
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