Sábado, Marzo 31, 2007

El oso-gato

Ayer estuvimos en el zoológico de Shanghai. Además de los muchos animales conocidos, la mayoría acompañados de sus crías (elefante-elefantito, jirafa-jirafita, mono-monito) la atracción principal fue sin duda el oso panda. En chino: xiongmao, lo cual quiere decir: oso-gato. Y de verdad que tienen algo gatuno y temperamental estos osos.

 

Para empezar, el desgraciado se sentó tranquilo de espaldas al público, contra el vidrio y se la pasó minutos enteros arrancando hojas de una ramita y manducando, sin dar bola a nadie. Después de mucho rato se le dio entonces por agradar al público, y siempre repitiendo las mismas vueltas, se iba atrás, volvía, se acercaba hasta donde estaban los visitantes y apoyaba la cabeza contra el vidrio que nos separaba, como queriendo caricias en la cabeza. Entonces todas las chinitas gritaban al mismo tiempo "ahhhhhhhhh!". Después se paraba, otra vez la vuelta hacia atrás, volver hacia adelante, posar un rato de cara al público y después sentarse en cuclillas (de verdad en cuclillas) contra una pared, dando la espalda al público (una onda: "no quiero más lola"), hasta que de repente se tiraba hacia atrás dando una vuelta carnero para volver a levantarse. Entonces todas gritábamos: "ahhhhhhhhhh!" otra vez y así unas cuantas veces más.

Según notifican asociaciones alemanas protectoras de animales, en el zoológico de Shanghai se trata a los animales pésimo, tanto es así que lo llaman el „Horror-Zoo“. Más allá de un pobre chimpancé que estaba completamente loco, meta arrastrarse por la jaula con un puñado de paja entre las manos con el cual refregaba el piso de punta a punta, como en un ataque obsesivo de limpieza, no me pareció que el resto estuviera tan mal. Entre otras atracciones, tienen una sección de „animales domésticos“ donde exhiben en casitas decoradas con sofás y alfombritas diferentes razas de perros, siempre de a pares. A Peter le pareció un espanto, los perros ahí solos, encerrados. Pero siempre están mejor en casitas con sofás que a la cacerola.  Cuando nos íbamos pasamos por la parte de los reptiles. Caminando sobre puentes, se podían ver abajo un montón de tortugas marinas, de diferentes tamaños. Nosotros nos preguntamos qué interés podía tener esa sección en un zoológico chino, cuando las mismas tortugas marinas se podían contemplar de mucho más cerca en los baldes con agua de la pescadería de Carrefour (sin contar que por un par de yuans, uno se las puede llevar a casa.) Siguiendo entonces con nuestra reflexión sobre la problemática intercultural, nos pareció que la manera en que los chinos recorren un zoológico, no puede ser igual a la nuestra. Mientras que nosotros vamos diciendo: "Mirá la boa!", "Acá está el lagarto!", "Qué linda tortuguita!", "¿A ver el San Bernardo?", ellos van diciendo: "¿Y esta qué tal a la provenzal?", "¡Uy, a la parrilla ni te cuento!", "¿Cómo te la ves saltadita en el Wok?", "¡Rajemos de acá que me está picando el bagre!".

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Lunes, Marzo 26, 2007

Green Chicken

Hablemos francamente. Si en Europa reinó desde siempre el chivo, en China se impuso el gargajo. Así de simple.
 
Uno guarda esas primeras impresiones como si estuvieran marcadas en el cuerpo a fuego vivo: Corre el año 1995. Después de un vuelo transatlántico Buenos Aires-Amsterdam lleno de argentinos, me toca subirme en Amsterdam al segundo avión de KLM, vía Paris. A mi alrededor se habla francés, se habla alemán, se habla flamenco. Y yo nunca festejé tanto que las distancias en Europa fueran tan cortas porque el olor ácido, penetrante, incluso punzante que se amparó de ese pequeño avión es algo que aún hoy no puedo olvidar. Y eso que años de colegio alemán me habían hecho entrar ya en contacto con el imprevisible universo del sobaco. Pero esto no tenía igual. Encerrados en pleno invierno en un avioncito sofocante, los pasajeros comienzan a sacarse abrigos, bufandas, pulóveres, a abrirse no por Dios los botones de las camisas y como siempre, esa impunidad colectiva del chivo anónimo, en el cual todos se hacen los boludos y ninguno es responsable. Una vergüenza, una falta total de civilidad y eso en la cuna misma de lo que „ellos“ llaman civilización.

La lucha contra el chivo se puede ganar con eficacia siguiendo minuciosamente tres pasos muy simples:

  - bañarse. Pero bañarse bien, usando bastante de ese producto destructor del medio ambiente y del PH natural del cuerpo, como es el jabón.

  - lavar regularmente la ropa.

  - y ponerse desodorante; barra, bolita o spray, da lo mismo.

 

Haber sido la creadora del desodorante y de los mejores eau de parfum, no le da ningún derecho a la Europa civilizada a comenzar por el paso tres, obviando descaradamente los dos primeros. En China me llamó inmediatamente la atención una cosa: los chinos no huelen. Y eso que son muchos, y que los transportes están llenos, y que se viaja apretadito, agarrado a las manijas colgando del techo. Sin embargo, no hay olor (a transpiración, al menos). Si hubiera sido tan lista como para deducir rápidamente las consecuencias de ese primer descubrimiento, hubiera podido evitarme las vueltas y vueltas que di en la sección perfumería del Carrefour, buscando desodorantes, y las vueltas y vueltas en los otros dos grandes supermercados a los que entré después, sin mejor suerte. Pues en efecto, el chino importó hamburguesas, look punk, chicles de todos los gustos, pero ignoró completamente el desodorante. Porque no lo necesita. Y si bien gracias a la apertura al mundo un montón de chinitas aprovecharon para conseguirse en tiempo récord un marido europeo, un diario de Pekín se vio en la obligación de lanzar un anuncio a los extranjeros residentes en el país en el cual se les pedía encarecidamente hacerse sacar con laser las glándulas sudoríparas en algún hospital local, por tan solo 160 euros. En su defecto, que se acercaran a cualquier farmacia para conseguir un Spray medicinal llamado hu xiu sha jun, cuyo significado literal es: „matador de bacterias para gente que transpira como zorros“. Bienaventurado el olfato en China, maldito seas tú entre todos los sentidos, oído. Porque el gargajo no huele, faltaba más, pero esa búsqueda estruendosa de flemas en los confines más remotos de bronquios y fosas nasales, acompañada del subsiguiente „ssssluc“ cuando son expedidas con fuerza por la boca y el glorioso final del „platch“ cuando el pesado glutinoso se estampa contra el piso, es francamente espeluznante. No hablamos de un machito canchero escupiendo a lo reo en una esquina. Hablamos de montones de chinos (y chinas) extrayendo constantemente sus mucosidades varias ya sea con prolongadísimas aspiraciones por la nariz que tienden a liberarlas por la garganta (en vez de aplicar la vía contraria, que las liberaría por la nariz en una Carilina), ya sea con gárgaras de alto volumen que descienden hasta los pulmones, para subir nuevamente en estado sólido. Una orquesta de „jjjjjjjjrrrrrrrssss“ y de „sssssslucsss“ y de „platchssss“ que deja paralizado al más escatológico. Y esto en la calle, en los colectivos, andando en bicicleta, e incluso - han denunciado un par de europeos - en restaurantes.

 

Quién, si no un francés, lanzó en Internet una petición contra carraspeos, escupitajos y eructos (sí, porque además eructan de lo lindo durante las comidas) que finalizó en una violenta discusión político-etnográfica: ¿Escupir pertenece a la esencia del chino? Entonces pedirle a los chinos que no escupan es lo mismo que pedirle a los chinos que no sean chinos, y esto en su propio país! ¿O escupir no es lo propio del chino, sino tan solo signo de malas costumbres? Entonces escupe tan solo la plebe, mientras que el chino aburguesado se asquea tanto como el francés de esta falta absoluta de „savoir-vivre“. ¿Pero tienen derecho el francés y el chino adinerado de Shanghai, de prohibirle al pueblo a vivir según sus milenarias costumbres en la propia China maoísta? ¿O bien el escupitajo no es una de las milenarias costumbres chinas, sino más bien un resabio de la revolución cultural que acabó con las buenas maneras de las dinastías chinas? Entonces la cuestión se pone más delicada aún: ¿Seguir escupiendo, como signo nacionalista, para oponerse a la antigua opulencia de las grandes dinastías, o dejar de escupir, para hacer de China un país aburguesado y finoli, acorde al „savoir-vivre“ europeo?

 

Lo cierto es que el gobierno, preocupado por la imagen china ante el mundo, se ocupa fehacientemente, cada vez que viene de visita un alto funcionario occidental, de propagar una campaña anti-escupitajo. Carteles de prohibición aparecen entonces por todos los lugares públicos, pero el efecto sigue siendo escaso. En la época de la gripe aviaria se corrió la bola que escupir podía incrementar el riesgo de contagio y epidemia, y durante un lapso de tiempo, asustados por la enfermedad, parece que lograron que una gran parte de la población se pusiera a escupir en tachos de basura. Es así que incluso hoy, durante las horas pico, pueden verse en las estaciones de subte cuatro o cinco personas haciendo cola detrás de un tacho de basura, esperando su turno para escupir. Síntesis acabada de civilización y barbarie.

 

Ni falta hace agregar que cuando uno es extranjero tiene que respetar (o al menos aprender a soportar) el gran colorido – y sonoridad – de las costumbres locales.

Pero cuando uno es extranjero, y que además chiva como un zorro, el „savoir-vivre“ comienza con un callarse la boca y termina con un Ppppssshhh de Rexona.

 

 


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Jueves, Marzo 22, 2007

Alguna que otra alegría

Una mañana „normal“, si bien acá no hay nada normal, transcurre por ejemplo así:

A las ocho suena mi despertador. Pero antes suena ya el amplificador de la escuela primaria que está al lado del departamento, con música de marcha a todo volumen y un tipo que repite severamente cosas que a mí me suenan como: „Izquierda! Derecha! Izquierda-derecha-izquierda!“ al mejor estilo Fiesta de la juventud en algún campo de deportes de colegio alemán. (Si la tierra es redonda, „derecha“ e „izquierda“ terminan por juntarse y confundirse. Se entiende.)

Desde la ventana de la bañadera puedo ver a los chicos formando en hileras, con uniformes bastante cachivaches de color rojo y azul. Mientras me preparo el mate cocido (un saquito por día permitido, pero Peter se hace el vivo y me roba dos o tres durante mi ausencia) puedo oler a través de la ventana de la cocina las fritangas y la sopa (otra vez pescado??) del desayuno de mi vecina. Yo retruco con galletitas de agua y mermelada de ananá.

A las nueve menos cuarto a más tardar tengo que estar en la parada del colectivo. „Ni háo-Ni háo“ con una de las encargadas del edificio, pero solo porque le causa gracia devolverme el saludo, ya que acá no se usa saludarse con los vecinos desconocidos. Estoy en la parada del colectivo preparada para cualquier sorpresa. Un día que lloviznaba, por ejemplo, una mujer se baja de un colectivo justo adelante mío y viéndome desprovista de paraguas, se me acerca para mostrarme el funcionamiento del suyo: uno muy lindo, con forro doble-color, adentro plateado, afuera celeste. Yo observo atenta el mecanismo: apretar botón, paraguas se abre; apretar presilla arriba, paraguas se cierra. Repitiendo una vez más cada uno de los pasos, la mujer me lanza: „40 kuái“ (es decir, „40 sope“). Yo le tiro de una „10 kuái“, porque el 10 me lo re-acordaba. La mujer cierra el paraguas y esboza una especie de sonrisa. Pensé que me lo vendía, pero nada, media vuelta y sin decir agua va desaparece. (Más tarde me compré el mismo paraguas plateado-celeste en el Carrefour: 29 kuái.)

El viaje en colectivo es una experiencia de vida... de vida o muerte, porque los colectiveros son peores aún que los taxistas. Para empezar, aprietan al mismo tiempo y la misma cantidad de veces el acelerador y la bocina. Hay colectiveros que tocan la bocina intermitentemente, durante todo el trayecto, además de ir lanzando puteadas a cada coche que se le ocurre viajar delante del colectivo, a velocidad normal. Los colectivos tienen todo el derecho a no parar en semáforos, a no dejar pasar ninguna bicicleta, ningún peatón, y a circular en zigzag obligando a todo el mundo a echarse a un lado. Adentro son bastante modernos, y relativamente limpios, si dejamos de lado los escupitajos. Tienen dos televisiones, con programación variada, una urna transparente donde uno tira sin ningún tipo de control sus 2 yuan en monedas o billetes y una máquina para los vivos como yo que se compran la tarjeta recargable para usar en todos los transportes, inclusive taxis. Pero el que –deliberadamente– no paga, está frito. El otro día, por ejemplo, en un colectivo bastante vacío, se suben una vieja y otros dos tipos. Aprovechando la situación, la vieja se hace la tonta y sigue de largo. La colectivera se da cuenta, clava el freno de mano y se viene atrás a gritarle a la vieja. La vieja le sonríe, le palmea el hombro y trata de convencerla. Pero sin éxito. La chofer, a los gritos, dice algo así como que no puede dejar pasar a este, y al otro, y a aquel. La cosa se pone densa, la vieja le sigue insistiendo y se pone a lloriquear un poco. La colectivera, insensible, no se deja corromper. Yo estaba ya a punto de ponerme a lloriquear también, cuestión de dar al menos un poco de apoyo a la vieja, pero por suerte en ese momento tres personas (jóvenes) se pusieron del lado de la vieja. Uno le gritaba a la colectivera que la dejara pasar, una chica le tendió un monedero de plusch rosa a la colectivera y le dijo en mal tono que se agarrara de ahí la plata del boleto, y el tercero, que estaba más cerca de la colectivera, le puso dos yuan en la mano y le indicó con un gesto que se fuera adelante a conducir. Mi ingenuidad y mis ganas de creer en este pueblo me hacen creer que lo que la gente quería era ayudar a la pobre vieja. Pero imposible de reprimir un cierto escepticismo, que me hace sospechar que quizás, lo que todos querían, era que la colectivera volviera a conducir y los llevara rápido a sus casas. Cuestión a verificar.

Me toma una media hora de viaje llegar a una de las estaciones centrales del subte, que es además la terminal de ómnibus de Shanghai. Un ambiente muy a lo Retiro en todos sus aspectos, llenísimo de gente no citadina que no entiende nada del ritmo alocado de este lugar, cargados con enormes bolsas de mercancías. Varios tipos en uniforme con altoparlantes van gritando direcciones de colectivos o modus operandi del subte. Por todos lados hay puestitos de venta de todo lo imaginable, bastante mugre y un montón de gente con carritos vacíos esperando en esquinas o en largos pasillos de subte. Después de varias idas y venidas entendí: ofrecen a la gente que viene cargadísima con sus bolsas de arpillera, transportarles la carga unos 100 o 200 metros, a cambio de algunas monedas.

Yo avanzo apurada por largos corredores que unen la estación de ómnibus y colectivos a la estación de subte, esquivando chinos (lentos, tranquis, despistados), hasta que de repente, al llegar al subte, la cosa se pone inesperadamente primermundista: El subte es una preciosura, modernísimo, puntual, limpio, con su programación „SubTeVe“ en pasillos y también en pantallas dentro de los vagones. Todos los carteles están escritos en chino e inglés y también los anuncios vocales de las paradas. Si voy sola paso desapercibida. Si voy con Peter, muchs miradas, murmullos, risas, dedos señaladores. Pero no hay sensación de inseguridad. La gente no es particularmente amable (no respetan la cola para entrar al subte y se tiran sobre los asientos vacíos sin respetar prioridades de edad o de sexo), pero no son agresivos ni practican el apoyo. Cosas insólitas pueden pasar igual en cualquier momento, como por ejemplo que al tipo de al lado se le ocurra afeitarse ahí mismo, con su maquinita eléctrica, mientras mira la tele.

Yo viajo cinco estaciones y salgo al barrio de la antigua concesión francesa, donde está el Milagro mandarín. Ese es el actual barrio de diseño, con casas recicladas (incluso varios „petits-hôtels“), bares modernos y negocios de ropa alternativa. De lejos, muy por debajo de la estética y la onda de un Palermo-Soho. Pero sigue siendo más agradable para pasear que el downtown lleno de rascacielos.

Camino dos cuadras hasta la escuela de idiomas y ahora lo que esquivo son un montón de vendedores de relojes truchos que se acercan con un afiche plastificado donde se pueden ver todos los modelos de Rolex a la venta. Si uno acepta, entonces tiene que acompañarlos a algún pasillo oscuro donde está esperando la mercancía. Yo pongo con poco esfuerzo cara de tujes y sigo de largo.

Después de las dos horas intensas de clase, donde el chino y sus traducciones al inglés intentan meterse al mismo tiempo en mi cabeza, (mientras que el francés y el alemán van corriendo sus respectivos monolitos, peleando por los espacios inhabitados), me toca todo el recorrido de vuelta: los relojes, y el subte, y los pasillos, y el bondi, y los bocinazos, puteadas, frenadas, griterío, gentío, hasta que me bajo al fin en casa, una hora y media después, agotada y con hambre.

Entonces sí, me permito una alegría: En los puestitos de abajo del departamento, funcionando día y noche, me esperan ya dos amigos: una parejita que hace unas brochettes fritas nacidas para levantarle el ánimo a cualquiera. „Ni háo-ni háo“, y les señalo con el dedo los diferentes platos con carnes semi-cocidas que me están esperando: dos de aquí (pulpos), dos de acá (alitas de pollo) y una de estas (un muslito). (Los mondongos, embutidos y cachos de hígado los dejo por el momento). En la freidora llena de aceite caliente, o en una plancha enorme con ajo y cebollita, me sacan las alitas crocantísimas y el pulpo bien dorado. Y ya sin preguntarme, solo con un cómplice guiño de ojo, le tiran arriba variados condimentos picantes, ponen los pinchos en una bandejita de plástico, nos inclinamos los tres varias veces, a cuál más agradecido, y yo me voy felíz. Porque sé que después del picante me espera en casa una fuente llena de fruta. No esa fruta exótica y cara, como las naranjas y las mandarinas. No, acá el pueblo compra fruta proletaria, y yo me uno a ellos: mangos riquísimos, ananás pelados y melones.

Shanghai (hasta la hora de la merienda) era una fiesta...

 

 

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Domingo, Marzo 18, 2007

Primeras postales de Shanghai

Shanghai es una ciudad de múltiples contrastes. Lo mismo podría decirse por supuesto de Buenos Aires. Pero acá no solo las proporciones de todo son muchísimo más grandes (edificios más altos, más cantidad de autos, más gente, más ruido, incluso más bocinazos, más luces, más carteles de propaganda, más quilombo) sino que el todo es más exagerado y más kitsch, es decir: más exageradamente kitsch.

Está la cara moderna de la ciudad: „el Bund“. Es la fachada de Shanghai de las postales, la Manhattan local, con los edificios más altos, más modernos y más colorinches que se hayan visto, asomando al otro lado del río Huang Pu. Pareciera una copia en real del dibujito animado „Futurama“. Sólo faltan los autos voladores esquivando torres y antenas satelitales. En esos edificios se encuentra el centro financiero de China. Y en todos los últimos pisos (el edificio más alto tiene por el momento 88 pisos) se instalaron bares y restaurantes de primer nivel, con una vista impresionante, para la comunidad expatriada o para el ínfimo porcentaje de chinos (que sigue siendo un gran número) que se lo puede permitir. Esa es la Shanghai que se vé en la televisión occidental: la „Fachada“, no solo porque es la cara de la ciudad, sino también porque detrás de toda fachada se esconde algo que no tiene nada que ver con ella. La primera fachada es la de Shanghai con respecto a China. De eso no puedo contar nada aún. La segunda fachada es la de Shanghai con respecto a la misma Shanghai. La Shanghai capitalista, consumista, primermundista, y la que está atrás, no en las periferias, no en barrios aislados, sino ahí mismo, en ese edificio destartalado justo al lado del Empire State chino, con sus andamios de obra hechos de bambú; en esa callejuela con ropa colgada en las ventanas y puestos de mercado, justo al lado de la Nanjing Lu, la peatonal comercial más importante y lujosa de Shanghai.

En cualquier lugar pueden aparecer al mismo tiempo todos los contrastes juntos: Mirar a la derecha, Starbucks ultra cool, con su café a 30 yuan (3 euros). Mirar a la izquierda, puestito vendiendo patas de gallina para ir masticando hasta la hora de la comida y un vaso de leche de soja para hacerlas bajar, a 5 yuan el Snack.

Y después está la Shanghai para turistas: calles comerciales enteras construidas en forma de „China tradicional“, con faroles rojos, techos de pagoda y Budas en luces fluorescentes.

Se venden por todos lados colgantes rojos de souvenir, para la buena suerte, y piedras de jade, caligrafías, fuentes de la dinastía Ming, todo en sus más variadas calidades de falsificación. Un verdadero parque de diversiones, al mejor estilo Disney.

 

Todo bien a lo Mao (a lo ma´o meno´).

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Contrastes

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Trabajando en las fachadas


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menemismo

 

 

 

 

 

Ninios ricos con tristeza

(y frutas acarameladas) -

Ninios pobres con alegría (y sandía).

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Viernes, Marzo 16, 2007

Una merienda de por acá

 

Para empezar, no inventemos: la merienda no existe.

Eso de que a las cinco de la tarde pinta cortado en jarrito y tostado, o mate y bizcochito, o té con facturas... en China niente. Acá el precepto dice „3 comidas calientes diarias“: la sopenga de la mañana, el chaufán del mediodía y la cena de la noche (entiéndase seis de la tarde) en todas sus variantes. Bien, ¿qué hace entonces una argentina que se niega rotundamente a ignorar la hora del té? Algo mucho peor: una masacre, un atentado a la dignidad de toda merienda. Por un lado, meto una „bola“ de té floral (dejo de jazmín, pero más intenso) en un vaso transparente, agrego agua hirviendo, me abstengo con pena de azúcar o edulcorante (imposibles de encontrar en los supermercados „normales“) y me dejo deslumbrar por los colores de la florcita que se abre en mi té. Bárbaro como centro de mesa o para adornar el modular. Pero sin cualidades bebibles a la vista. Por otro lado, ataco la parte de los „dulces“ del super y vuelvo a casa con 6 bolas verdes glutinosas, hechas supuestamente de alguna pasta de arvejas, como casi todos los dulces de acá, y rellenas con otra pasta de consistencia más gomosa y libidinosa aún, de color negro. El conjunto: algo muy desagradable a la vista, al tacto y al gusto. Pero made in china.

Quien quiera abrir sucursal de La Argentina en Shanghai – o exportar al menos peponas – que cuente con clientela asegurada. Y para el que se crea muy guapo, que se venga a tomar la leche a casa.

                                                                        

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Miércoles, Marzo 14, 2007

Concepto vs. Simbología

 

Peter se compró una caligrafía para decorar nuestra pared mugrienta: fina ramita de bambúes.  Todo muy zen.  Haciéndose el entendedor, le preguntó al asistente del Profesor Alegre („asistente“ en chino: el único que mueve un poco el tujes para poner en marcha las necesidades prácticas más inmediatas de los necesitados) :  „¿Qué significa el Bambú?“ El camarada Chingfen no contesta, sonríe. Nosotros asentimos bobamente y sonreímos también. Placer de la comunicación chino-occidental. Una vez más: „¿Entonces? ¿Qué significa?“ Chingfen callaba. Y sonreía. Y vencido por nuestras miradas insistentes dijo que no lo podía explicar aún en alemán, que tendría que reflexionarlo un rato.

Ese día Chingfen nos acompañó a la policía. Gran historia: había que presentarse dentro de las 24 horas de haber entrado al país, y ya pasó una semana. Chingfen justifica, la mujer policía (las caras de orto de los funcionarios de uniforme son de Oriente a Occidente las mismas) niega. La funcionaria está muy enojada, levanta la voz, a Chingfen no se le mueve ni un pelo, Peter y yo nos vemos ya conociendo el otro lado del mostrador, las tratativas siguen, se estiran, se aplacan y revitalizan. Los pasaportes no parecen tener los sellos correspondientes. La mujer hace una llamada. Después otra, porque se olvidó de preguntar cómo es el mismo caso, pero ahora con una argentina. Chingfen nos manda sentarnos a los banquitos del rincón. Él sale del edificio a paso lento con nuestros pasaportes, vuelve a paso más lento todavía con fotocopias, siguen las explicaciones y después de largo rato sonrisas e inclinaciones de cabeza: no había ningún problema. (Pero la próxima se presentan dentro de las 24 horas, eh?)

Después Chingfen nos acompañó a cambiar plata en el banco. Larga cola, un empleado que trabaja bien lento, otros dos que están revisando papeles en otras ventanillas, sin atender clientes por supuesto. Chingfen dice que nos sentemos. Para estos casos, agrega, él siempre tiene un libro encima. Nuestro turno al fin. Logramos cambiar la plata. Me dan billetes y monedas en un sobrecito rojo y dorado precioso y rotulado. Pero ¿dónde está el sello para mi comprobante de cambio? Sin el mismo, aparentemente, no me puedo ir. La empleada desaparece y vuelve con un cesto de plástico, en el cual hay unos 30 sellos de madera de los de antes (acá, los de ahora). Uno por uno los levanta, los lee y los vuelve a echar en el montón. Pero eran 30 sellos y un cesto de plástico. Los sellos se mezclan, ¿cómo sabe la empleada que „ese“ sello ya lo levantó? No lo sabe, por eso vuelve a levantar los mismos sellos montones de veces. Pero no encuentra el que necesita ahora: ¿ „Cambiado“ „Todo OK“ „Fecha“ „Dolar-RMB“ „No me encajaron falsos“ ? No lo sabremos nunca, porque nunca encontró el sello que necesitaba y optó, despúes de largo rato, por escribir ella misma con tinta roja un pequeño simbolito en nuestro ticket de cambio.

Entonces nos encontramos una vez más en la calle. „¿Qué significa bambú?“, preguntó por tercera vez Peter, que, cual Principito, nunca renunciaba a una pregunta una vez que la había formulado. Al chino no le quedó entonces más remedio que ponerse las pilas y contestar:

Él: ...Ramas de bambú, hojas, un río...

Nos.:  Un paisaje?

Él:  ... las hojas son verdes...

Nos.: Naturaleza? Vida?

Él: ...en todas las estaciones del año, el bambú siempre está verde...

Nos.:  Longevidad? Fertilidad? Eternidad?

Él: ... la rama del bambú es recta...

Nos.: Rectitud? Entereza de espíritu?

Él: ... y aunque hay viento no se quiebra, no se dobla.

Nos.: Principios inquebrantables? Lo incorruptible? Fundamentos? El Bien?

Él: ... Eso es bambú.

 

Ahora somos nosotros los que tenemos que reflexionar un rato... Vivir en un edificio chino es ya una manera de integrarse a la cultura oriental. Pero no vamos a conocerla en lo más mínino, mientras que sigamos haciendo preguntas „occidentales“, esperando además respuestas „occidentales“. ¿Qué significa bambú? La respuesta a la que estamos abiertos se compone de una sola palabra y se llama CONCEPTO: Longevidad - Belleza - Bien - Rectitud - Entereza de espíritu - Eternidad ... Pero acá la cosa no funciona con conceptos. El idioma mismo muestra que acá no se puede ni pensar ni comunicar con conceptos: ¿Cómo escribir el concepto „belleza“? La simbología china tiene para un „concepto“ como este algo que no es para nada concepto y que se asemeja más bien al arte interpretativo, a partir de dibujos (pictogramas) y símbolos (ideogramas). (Por ejemplo -invento- : río, rama de bambú, camino. Quizás la unión de todo eso en un símbolo caligráfico sea un equivalente de lo que nosotros designamos: belleza. Pero incluso esta fantasía mía de cómo podría llegar a ser representado en chino el término belleza, está llena de inevitable occidentalismo!). La escritura china tiene entonces a favor la representación (pictográfica o simbólica) de lo que se está pensando. ¿Pero cómo expresar un pictograma, un símbolo, en el lenguaje oral?  Elemental Watson: describiendo el ideograma! Entonces, ¿Qué significa bambú? La pregunta está ya mal formulada. Y la respuesta bien intencionada del chino no es otra cosa que un pictograma hablado, un cuadro verbal, una descripción de un conjunto de cosas –concretas– (río, rama verde, caña recta y resistente) que representan para él quizás todos esos conceptos juntos (si es que en chino existen siquiera) que nosotros fuimos tirando cual adivinanza. ¿Todo eso junto?  Nosotros no podemos expresar-pensar todo eso junto; para eso necesitaríamos un nuevo concepto, cuanto más abstracto mejor, y en Mayúscula! Mientras que el chino, silbando bajito (o simplemente callando), solo necesita señalar con el dedo la caligrafía: Bambú.

 

(Y yo sigo sin tener la más pálida idea. Pero la ramita de bambú queda linda en la pared y tapa roña).  

 

 

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Martes, Marzo 13, 2007

Patchwork hogareño : El dormitorio

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