Lunes, Marzo 26, 2007

Green Chicken

Hablemos francamente. Si en Europa reinó desde siempre el chivo, en China se impuso el gargajo. Así de simple.
 
Uno guarda esas primeras impresiones como si estuvieran marcadas en el cuerpo a fuego vivo: Corre el año 1995. Después de un vuelo transatlántico Buenos Aires-Amsterdam lleno de argentinos, me toca subirme en Amsterdam al segundo avión de KLM, vía Paris. A mi alrededor se habla francés, se habla alemán, se habla flamenco. Y yo nunca festejé tanto que las distancias en Europa fueran tan cortas porque el olor ácido, penetrante, incluso punzante que se amparó de ese pequeño avión es algo que aún hoy no puedo olvidar. Y eso que años de colegio alemán me habían hecho entrar ya en contacto con el imprevisible universo del sobaco. Pero esto no tenía igual. Encerrados en pleno invierno en un avioncito sofocante, los pasajeros comienzan a sacarse abrigos, bufandas, pulóveres, a abrirse no por Dios los botones de las camisas y como siempre, esa impunidad colectiva del chivo anónimo, en el cual todos se hacen los boludos y ninguno es responsable. Una vergüenza, una falta total de civilidad y eso en la cuna misma de lo que „ellos“ llaman civilización.

La lucha contra el chivo se puede ganar con eficacia siguiendo minuciosamente tres pasos muy simples:

  - bañarse. Pero bañarse bien, usando bastante de ese producto destructor del medio ambiente y del PH natural del cuerpo, como es el jabón.

  - lavar regularmente la ropa.

  - y ponerse desodorante; barra, bolita o spray, da lo mismo.

 

Haber sido la creadora del desodorante y de los mejores eau de parfum, no le da ningún derecho a la Europa civilizada a comenzar por el paso tres, obviando descaradamente los dos primeros. En China me llamó inmediatamente la atención una cosa: los chinos no huelen. Y eso que son muchos, y que los transportes están llenos, y que se viaja apretadito, agarrado a las manijas colgando del techo. Sin embargo, no hay olor (a transpiración, al menos). Si hubiera sido tan lista como para deducir rápidamente las consecuencias de ese primer descubrimiento, hubiera podido evitarme las vueltas y vueltas que di en la sección perfumería del Carrefour, buscando desodorantes, y las vueltas y vueltas en los otros dos grandes supermercados a los que entré después, sin mejor suerte. Pues en efecto, el chino importó hamburguesas, look punk, chicles de todos los gustos, pero ignoró completamente el desodorante. Porque no lo necesita. Y si bien gracias a la apertura al mundo un montón de chinitas aprovecharon para conseguirse en tiempo récord un marido europeo, un diario de Pekín se vio en la obligación de lanzar un anuncio a los extranjeros residentes en el país en el cual se les pedía encarecidamente hacerse sacar con laser las glándulas sudoríparas en algún hospital local, por tan solo 160 euros. En su defecto, que se acercaran a cualquier farmacia para conseguir un Spray medicinal llamado hu xiu sha jun, cuyo significado literal es: „matador de bacterias para gente que transpira como zorros“. Bienaventurado el olfato en China, maldito seas tú entre todos los sentidos, oído. Porque el gargajo no huele, faltaba más, pero esa búsqueda estruendosa de flemas en los confines más remotos de bronquios y fosas nasales, acompañada del subsiguiente „ssssluc“ cuando son expedidas con fuerza por la boca y el glorioso final del „platch“ cuando el pesado glutinoso se estampa contra el piso, es francamente espeluznante. No hablamos de un machito canchero escupiendo a lo reo en una esquina. Hablamos de montones de chinos (y chinas) extrayendo constantemente sus mucosidades varias ya sea con prolongadísimas aspiraciones por la nariz que tienden a liberarlas por la garganta (en vez de aplicar la vía contraria, que las liberaría por la nariz en una Carilina), ya sea con gárgaras de alto volumen que descienden hasta los pulmones, para subir nuevamente en estado sólido. Una orquesta de „jjjjjjjjrrrrrrrssss“ y de „sssssslucsss“ y de „platchssss“ que deja paralizado al más escatológico. Y esto en la calle, en los colectivos, andando en bicicleta, e incluso - han denunciado un par de europeos - en restaurantes.

 

Quién, si no un francés, lanzó en Internet una petición contra carraspeos, escupitajos y eructos (sí, porque además eructan de lo lindo durante las comidas) que finalizó en una violenta discusión político-etnográfica: ¿Escupir pertenece a la esencia del chino? Entonces pedirle a los chinos que no escupan es lo mismo que pedirle a los chinos que no sean chinos, y esto en su propio país! ¿O escupir no es lo propio del chino, sino tan solo signo de malas costumbres? Entonces escupe tan solo la plebe, mientras que el chino aburguesado se asquea tanto como el francés de esta falta absoluta de „savoir-vivre“. ¿Pero tienen derecho el francés y el chino adinerado de Shanghai, de prohibirle al pueblo a vivir según sus milenarias costumbres en la propia China maoísta? ¿O bien el escupitajo no es una de las milenarias costumbres chinas, sino más bien un resabio de la revolución cultural que acabó con las buenas maneras de las dinastías chinas? Entonces la cuestión se pone más delicada aún: ¿Seguir escupiendo, como signo nacionalista, para oponerse a la antigua opulencia de las grandes dinastías, o dejar de escupir, para hacer de China un país aburguesado y finoli, acorde al „savoir-vivre“ europeo?

 

Lo cierto es que el gobierno, preocupado por la imagen china ante el mundo, se ocupa fehacientemente, cada vez que viene de visita un alto funcionario occidental, de propagar una campaña anti-escupitajo. Carteles de prohibición aparecen entonces por todos los lugares públicos, pero el efecto sigue siendo escaso. En la época de la gripe aviaria se corrió la bola que escupir podía incrementar el riesgo de contagio y epidemia, y durante un lapso de tiempo, asustados por la enfermedad, parece que lograron que una gran parte de la población se pusiera a escupir en tachos de basura. Es así que incluso hoy, durante las horas pico, pueden verse en las estaciones de subte cuatro o cinco personas haciendo cola detrás de un tacho de basura, esperando su turno para escupir. Síntesis acabada de civilización y barbarie.

 

Ni falta hace agregar que cuando uno es extranjero tiene que respetar (o al menos aprender a soportar) el gran colorido – y sonoridad – de las costumbres locales.

Pero cuando uno es extranjero, y que además chiva como un zorro, el „savoir-vivre“ comienza con un callarse la boca y termina con un Ppppssshhh de Rexona.

 

 


Posted by LaBombaChina at 15:10:39 | Permanent Link | Comments (3) |
Comentarios
1 - !!Sencillamente increible!! (Comment this)

Escrito por: lupe at 2007/03/27 - 00:00:21
2 - Ana, ¿Que haces en China?
Estuve chusmeando un poco el blog, despues lo miro mas tranquilo. Uso este medio porque no tengo ningun mail tuyo para contactarte. Mandame un mail. Un beso. (Comment this)

Escrito por: Charly at 2007/03/30 - 17:15:37
3 - charlyvidal@hotmail.com
 (Comment this)

Escrito por: Charly at 2007/03/30 - 17:16:22
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